César Marino Sgambatti
@cesarmarinos

El anuncio por parte del gobierno, de implementar un sistema de captahuellas para presuntamente controlar la venta de rubros básicos y frenar el contrabando, no debe menos que indignar a una población que pagará los platos rotos de una fiesta a la cual ni siquiera la invitaron.

Llama la atención el profundo silencio que se ha guardado con respecto a las medidas económicas que serían anunciadas en días pasados, las constantes contradicciones de quienes toman dubitativamente el timón del barco y la evidente intención de encubrir incapacidades con papelillos y serpentinas. La supuesta unificación cambiaria parece sepultada, del aumento de la gasolina no se habla, el chip implementado por Arias Cárdenas en junio de 2013 para racionar alimentos en Zulia y considerado por Maduro como una locura porque “la solución es producir, producir y producir”, ahora parece ser la panacea; eso sí, aderezada con la eventual rifa de casas, electrodomésticos y afines.

Los controles sólo generan más controles y éstos a su vez desencadenan en corrupción, ya sea por la discrecionalidad del funcionario que determina cuándo debes acceder a un bien o a cuánto del mismo tienes derecho, si es que realmente lo tienes. Todo esto sin considerar que cada familia y persona posee necesidades diferentes. Los controles trasladan al ciudadano, el peso de políticas ineficientes y prácticas corruptas sin ser capaces de solucionar el problema para el cual fueron creados; para muestra tenemos la improductividad de las compañías estatizadas, las empresas de maletín que fueron beneficiadas por CADIVI, los invisibilizados containers con comida podrida de PDVAL, entre otros.

El saneamiento de la economía pasa por incentivar la producción en lugar de controlar el consumo. La aplicación de esta carta de racionamiento 2.0 será tan ineficiente como los cierres de frontera para evitar el contrabando, los chips para controlar el consumo de gasolina en Táchira, la militarización desproporcionada o cualquier otra medida que se niegue a buscar culpables aguas arriba, mucho antes de que la mercancía llegue al abasto, pues el desabastecimiento no es causado por la familia que viaja a Colombia con una pimpina de gasolina o 20 paquetes de harina PAN en la maleta, sino por aquellos funcionarios encargados de resguardar las fronteras y sus cómplices, que se hacen de la vista gorda para permitir el paso de gandolas de cuanto producto pueda contrabandearse para enriquecer sus arcas.

La captahuellas -o sistema biométrico-, traerá consigo mayor desabastecimiento y más tiempo en la cola, por la complejidad tecnológica que implica constatar que cada comprador no haya adquirido cada tipo de producto fuera del lapso establecido, todo ello con la interconexión de los establecimientos, una de las bandas anchas más lentas de América Latina, bases de datos centralizadas, cajeros insuficientes y pare usted de contar. En definitiva, valiosísimas horas hombre en colas de mercados y, por consiguiente, ausentismo laboral y escolar. Cabe preguntarnos con suspicacia, qué compañía será beneficiada con la importación y aplicación del mencionado sistema, al evaluar la inviabilidad de la medida y su evidente fracaso.

Si alguien tiene dudas sobre los fines de este mecanismo, debe simplemente leer las declaraciones de Félix Osorio (Ministro de Alimentación hasta junio de este año), quien señaló que la frecuencia normal de compra de las personas que acuden a hacer mercado es de cuatro a siete días; y me permito presentar estas citas del referido funcionario:

“Todos los días la gente no se come dos kilos de pollo, dos kilos de leche en polvo y dos litros de aceite, eso es mentira (…) Esto no es restricción, es un control. Alguien que quiera comprar comida todos los días no va a poder porque es un revendedor (…) Aquí se hace cola para todo, para los conciertos, para el cine, para el banco y nadie se queja, pero sí critican las colas para comprar comida”.

Ahora bien, ¿cómo explicarle a la familia del barrio “El 70” que transformó su casa en una bodega o a las vendedoras de empanadas de Taborda, que se encuentran bajo sospecha de acaparamiento o reventa por comprar comida con mayor frecuencia y, por lo tanto, que son responsables del desabastecimiento?

Resulta humillante la presencia de una captahuellas para controlar qué comemos o dejamos de comer, para controlar si viajamos o no viajamos, para controlar si sufragamos o no. Esta práctica implica una violación a la privacidad en un país en el que se nos exige anotarnos para estar siempre en una cola, en una lista.