Por César Marino Sgambatti

¡A Dios rogando y con el mazo dando!  Con ello no quiero hacer referencia al programa televisivo que conduce el Presidente de la Asamblea Nacional pocos días después del “llamado a la paz” que el gobierno realizara, sino al contenido mismo del planteamiento.

 En este mundo al revés en que se ha convertido nuestra nación, ¿podríamos confiar en la disposición al diálogo y al entendimiento que formulan quienes durante casi 3 quinquenios han perseguido con listas Maisanta y Tascón cualquier vestigio de disidencia y que han escrito un glosario de términos despectivos para dirigirse a la oposición? ¿Quiénes procurando separar a la sociedad en dos porciones irreconciliables se enfrentan como enemigos y no como contrincantes o adversarios políticos a patriotas contra apátridas; a revolucionarios contra traidores; a demócratas contra golpistas (haciendo claro uso de una amnesia selectiva); al pueblo contra los escuálidos; majunches, parásitos y pare usted de contar? ¿Quiénes han ofrecido dar gas del bueno al que se atreva a marchar con exigencias al gobierno, lo cual han cumplido a cabalidad, al tiempo que han incorporado perdigonazos, peinillazos, detenciones y régimen de presentación para centenares de personas no identificadas con la sacrosanta ideología del gobierno?

Nada sería más positivo, nada más utópico. Sin embargo, cualquier carnal cuyo grado de elevación espiritual no emule el de un monje tibetano, lógicamente se preguntará dos cosas: ¿Esta vez será sincero el llamado?  ¿De qué otra forma puede contribuir a ese llamado una oposición desarmada, apegada a las leyes y con poco poder político?

Tales incógnitas nos llevan a entender que la pacificación presupone la existencia de un conflicto armado y en el caso venezolano, cabe destacar que los únicos armados son las Fuerzas Armadas, los organismos policiales, los grupos paramilitares adeptos al gobierno (eufemísticamente llamados colectivos), la guerrilla importada y la delincuencia desbordada. Siendo oportuno destacar que nuestra vida transcurre con el temor de poder coincidir con cualquiera de estos al cruzar una esquina, y es que en Venezuela “Si te pela el chingo, te agarra el sin nariz”.

¿Pudiéramos pensar que el gobierno habla de paz porque pretende acabar con la guerrilla que se desplaza hacia nuestro país en búsqueda de impunidad? Me niego a creer en ello al notar cómo es invisibilizada cualquier acción de grupos como las FARC o cuando se niegan a declararlos terroristas y, en su lugar, elevan bustos de sus líderes como el de Manuel Marulanda “tirofijo”. Mejor no entrar en profundidades como el caso Walid Mackled.

¿Racionalmente pudiéramos confiar en que finalmente los cuerpos policiales combatirán la delincuencia que azota al país y nos permitirán vivir sin la impunidad actual? A juzgar por los hechos, soy pesimista ya  cansado de observar que sólo manifiestan ser competentes cuando la víctima es una persona de notoriedad nacional o cuando se requiere alguna detención política.

Será que van a encarrilar a las Fuerzas Armadas por el canal institucional y dejarán ellas de hacer proselitismo político? Soy escéptico al escuchar tanto a nuestros gobernantes como a los altos mandos  militares, manifestar que el compromiso de las FANB es con la “revolución” y el legado de Chávez (no con la totalidad de los venezolanos y su rol constitucional).

¿Pondrán orden a los desmanes de grupos paramilitares que son utilizados como fuerzas de choque? Tristemente me niego a pensar en esa posibilidad. Basta oír las declaraciones de una ministra que, tras fotografiarse con “pranes”, manifiesta cuán importantes son los “colectivos“ para la defensa de la patria.

Qué poco valor tiene la vida en estos días. Con cuánta regularidad se auspicia la violencia y la intolerancia por quienes deben contenerla. Por el contrario, ellos amenazan a los medios si se atreven a transmitir los sucesos de una digna y ciudadana manifestación convocada por jóvenes para exigir a los organismos del Estado la liberación de los estudiantes detenidos, y cuyo lamentable saldo en fallecidos, heridos, desaparecidos y detenidos tristemente no podemos dar por cerrado. Qué poco valor tiene para quienes, desde lo alto del poder, señalan culpables de forma parcializada antes de cualquier investigación y nos muestran en cadena nacional versiones editadas, musicalizadas y donde se suprimen de la escena a los grupos armados que tan fotografiados se encuentran. Cuán promovida está la violencia cuando detrás de ella se escudan para  suprimir y criminalizar el derecho constitucional a la protesta.

¿Es ésta la sinceridad del diálogo, es ésta la respuesta de un gobierno pacifista? La paz requiere reconocimiento del otro, respeto a la disidencia, diálogo sincero, justicia y nunca podrá cementarse sobre la imposición. Aquélla que sólo concibe como verdad absoluta la planteada en el  partido  único,  por el vocero único, para luego ser imprimida en los diarios de línea editorial única y transmitida en cadena nacional.

Es obligación del gobierno devolver a su caja de Pandora a todos los demonios que ha liberado tras quince años de hegemonía en el ejercicio del poder, y es deber del ciudadano el ejercicio pleno de la protesta pacífica en procura de un futuro digno; aquél donde la cotidianidad no se encuentre enmarcada por la delincuencia, el desabastecimiento, la opresión, la descalificación, precarios servicios médico asistenciales, el alto costo de la vida, el desempleo, la imposibilidad de acceder a una vivienda digna y, no menos importante, el anhelo a poder expresarnos libremente sin ser estigmatizados como ciudadanos de primera o segunda.  Venezuela es un país de treinta millones de personas, nacidas bajo sus fronteras o adoptadas por el afecto que profesan a esta tierra. Un país que no le pertenece a nadie, o que debiera pertenecernos a todos y en ese sentido, hay millones de voluntades que todavía sueñan con ver prosperar la patria donde decidimos echar raíces, donde anhelan ver retornar a sus parientes y amigos y para ello, la protesta pacífica es un inclaudicable valor, donde yacen nuestros aromas, nuestros colores, nuestra esencia.